

En mi anterior Columna (La Razón, 8/02/2010) escribí: “¿Hay alguna pobreza buena? Sí. La ‘pobreza de espíritu’. Ésa que acerca al hombre a Dios y que le hace corregir errores en humildad, para empezar de nuevo”. Agradezco a los amigos que se refirieron al tema, unos cuestionando y otros consultando sobre lo escrito. El presente artículo intentará aclarar lo que quise decir.
Primeramente, precisar que la Biblia (Reina-Valera) habla de “pobreza en espíritu”, si bien “pobreza de espíritu” se escucha con mayor frecuencia, lo que para el caso —como dijera un cantautor socialista— “no es lo mismo, pero es igual”. La expresión “pobre en espíritu” se la encuentra en el llamado Sermón del monte y forma parte de las bienaventuranzas enseñadas por Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, explicando qué hacer para ser “más que feliz”. Si bien su enseñanza puede parecer paradójica al contradecir el “sentido común”, ello viene a demostrar que el Reino de Dios se maneja por valencias superiores.
En el Evangelio de Mateo se lee: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de los tales es el reino de los cielos” (Mt. 5:3). Muchos ven en esto una contradicción, sin saber que desde el punto de vista de Dios ¡es lo correcto! Ser “pobre en espíritu” es la antítesis del “altivo de espíritu”, quien, superando su soberbia no sólo se cree más que los hombres sino que decide dejar a Dios de lado, y lo ignora. En cambio, el “pobre en espíritu” reconoce su condición de simple mortal y pecador; no se aferra a su capacidad, el intelecto o el poder que tiene y tampoco a lo que el mundo le ofrece; más bien, decide depender de la voluntad de Dios, buscarle y agradarle.
El “pobre en espíritu” es humilde de corazón y siente la necesidad de Dios: de creerle, obedecerle y servirle. Gracias a ello está llamado a ser parte del Reino de Dios, copartícipe de su gobierno, del reino de la luz, de la verdad y de la justicia implantado como un “nuevo orden” en este mundo por un Rey —Jesucristo— en medio de un territorio enemigo gobernado por Satanás, el príncipe de las tinieblas, el padre de los “altivos de espíritu”. Juan el Bautista, anunciando la venida de Jesús, decía: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 3:2). Cuando Jesús comenzó su vida pública, siendo bautizado a sus 30 años, lo primero que dijo fue: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 4:17) y reveló algo hermoso: “…he aquí el reino de Dios está entre vosotros” (Lucas 17:21). ¡Jesús es el Rey del Gobierno de Dios implantado en este mundo!
“El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”, sentenció Jesús (Juan 3:5). ¿Cómo nacer de nuevo? Arrepiéntase de sus pecados; acepte a Jesús como su Señor y Salvador, y declárelo. Entonces amará en verdad a Dios, y a su prójimo como a usted mismo.
*Gary A. Rodríguez A.
es economista y gerente general del IBCE.
