

Valenzuela vuelve a la carga con un tema renuente en la política exterior de Bolivia: su conflictiva relación con Estados Unidos. Hoy, más tensa que en antes. ¿Bolivia pierde o gana con ello?
No es la primera vez que los gobiernos de Bolivia y Estados Unidos tienen diferencias políticas e ideológicas que enturbian las cordiales relaciones que generalmente han existido entre ambos países. Estados Unidos apoyó económicamente a varios gobiernos nacionales. Pero también los gobernantes norteamericanos han incurrido en lamentables arbitrariedades en contra de un país que, generalmente, apoyó su política internacional, incluidas sus participaciones bélicas. En este contexto, un ejemplo muy ilustrativo se produjo en la década del 40, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. En ese periodo, como ocurre también en la actualidad, los precios de los artículos manufacturados tienen una influencia decisiva en el costo de la vida, porque se rigen por la ley de la oferta y la demanda. La colosal demanda de llantas había colocado a este artículo a precios casi inalcanzables. Por la escasez y la demanda de hierro estructural, este se vendía en el mercado boliviano a mil quinientos pesos el quintal, mientras el peso teórico no debía pasar de cuatrocientos. En contraposición, los minerales, la goma, la quina y otros productos que exportábamos se regulaban por precios fijos de los contratos, sin que juegue la ley de la oferta y la demanda. Los controles de guerra formaban una especie de embudo con la parte angosta para nosotros. Todo esto lo sufríamos porque nunca faltaron los políticos Latinoamericanos que nos obligaban a ceder con su retórica, mientras los anglosajones armaban su maquinaria para controlar el costo de la guerra convirtiéndonos en contribuyentes, pero no en beneficiarios de ella. Nuestro sacrificio se habría justificado si al finalizar la guerra hubiéramos participado de la prosperidad de la victoria. Por el contrario nos encontramos en la posición de parientes pobres, a los cuales se les muestra frecuentemente la puerta, porque la fiesta ha terminado. La luna de miel ha concluido, era la frase corriente en boca de funcionarios norteamericanos que trataban estos negocios. ¿A qué luna de miel se referían? Si en realidad nunca admitieron estar casados con nosotros e incluso, ni siquiera nos dieron el statu de amantes. Otra frase frecuente en los hombres que recibían nuestras reclamaciones en aquellos años, era: “El Tío Sam no puede seguir indefinidamente desempeñando el papel de Santa Claus” Recordando estos episodios desde un punto de vista objetivo ¿podríamos llamar regalos de Santa Claus las sumas que Estados Unidos gastó en Latinoamérica? Bastan algunos ejemplos: Bolivia vendió alrededor de nueve millones de kilogramos de caucho a Estados Unidos en los tres años que se explotó intensivamente este artículo para el esfuerzo bélico. Como una concesión dentro del “contrato” se “permitía” vender quinientas toneladas de ese caucho a la Argentina, que pagaba cinco dólares el kilo frente a los dos dólares que pagaba Estados Unidos. Nuestra contribución a Santa Claus fue en este solo artículo cerca de treinta millones de dólares, de esos años (¿hoy serían 300?). Esto sin tomar en cuenta lo que se pagó en el comercio ilegal de contrabando, al que somos tan afectos los bolivianos. Se puede argüir, en el caso del estaño, que de no haber estado Indonesia y las Malayas en poder de Japón, los anglosajones hubieran recurrido a esos países para la provisión de este mineral. Todo esto está bien, pero igual no responde el hecho de que un dueño de un camión en Bolivia tenía que pagar un precio diez veces mayor al precio de antes de la guerra, por llantas y repuestos, y, lógicamente, tenía que regular sus fletes conforme a esos precios. También con alguna frecuencia se empleó el argumento de los sacrificios y los miles de cadáveres en los campos de Iwo Jima y Bastogne. Esto merece todo el respeto y la consideración a ese sacrificio de dolor. Pero una cosa es esa clase de contribución que lleva tras de si el heroísmo y dolor, y otra cosa es la pugna de los intereses y los derechos comerciales. Los fabricantes de aviones y tanques de Estados Unidos, tuvieran o no hijos en los frentes de batalla, igual recibían sus grandes utilidades, discutiendo fríamente sus contratos. Los minerales eran nuestro medio de vida y su precio estaba al margen de lo que como contribución directa hubiéramos tenido que dar si tal contribución hubiera sido necesaria. No podemos poner precio a la vida de los hombres, sea que estos mueran por el impacto de una bala o deshechos los pulmones por el sílice de las rocas en las minas. Al respecto se puede agregar que cuando se llega muy cerca del vacío, el estar en la trinchera se convierte en privilegio. Tomando como ejemplo lo sucedido hace 60 años, llegaremos a la conclusión que no sacamos nada alentando enfrentamientos ideológicos, porque los norteamericanos tienen una lógica pragmática cuando de negocios se trata, además pueden prescindir de Bolivia. Lo que hay que hacer es trabajar por proyectos de negocios que nos beneficien, buscando una gran comprensión y simpatía.
