

Ferrufino se atreve a desnudar, como pocos, las contradicciones del Gobierno que, como se ve, rayan en lo circense.
Cuando Evo Morales apareció en la puerta de Kalasasaya de la mano de la Pachamama discrepé con toda suerte de analistas que decían que comenzaba un nuevo ciclo histórico. Para mí significaba el mismo circo de Víctor Paz Estenssoro, el de Barrientos, de García Meza, de Lidia Gueiler, sin ir hacia los más antiguos. Ni siquiera étnicamente las diferencias son marcadas: Bautista Saavedra o Luis García Meza envueltos en aguayos tienen la misma rozagante cara de chola que el presidente de turno.
Vi la “unción” de Tiwanaku desde afuera, como espectador crítico, y sentí lástima por el aroma desvanecido de un cambio que alguna vez intuí. Ante las cámaras se exponía un espectáculo de mamarrachos con vestimentas que algún alucinado creyó recordaban las rituales de los ancestros, cómo si en Bolivia no existieran sublimes tejidos, como si no hubiese bastones de mando de chonta dura y argollas de plata en lugar de esos esperpénticos objetos (supuestamente bastones) que lo menos que hacen es acercarse a la historia y peor a la eternidad. Triste y no porque en el fondo se rían quienes nos ven, sino por la desvirtuación del pasado, la sangre compartida por mestizos, indios y blancos en las guerras independentistas, el dolor y la angustia de la lucha y la miseria. Todo revuelto ahora en espantosa cumbia chicha donde no se observa vuelta alguna a ningún lado, ni al incario ni al collado, ni a los huacas de Huarochirí ni a San Expedito o San Putas.
Un movimiento serio del estilo que se anuncia no se decora con asnos de senadores que ejercitan verbo insulso y falazmente comprometido, ni con las irreversibles discrepancias del socialismo con este hato de pequeños burgueses, de indígenas cuyo ser autóctono no los libera de ser ricos, explotadores, capitalistas, propietarios y demás mañas de aquello que dicen combatir. ¿Por qué no se habla entonces de expropiar a los “nativos” que ostentan oro en la fiesta del Gran Poder? ¿O Fidel Surco es diferente a Marinkovic y su sarta de descastados nazicolaboracionistas? ¿Por qué tendría su dinero que ser distinto al del croata, por aymara, indio, lampiño?
García Linera perora acerca del socialismo y la revolución. Hablamos de asuntos incompatibles que habitan el seno del MAS. No implica que no exista un socialismo campesino; con sus peculiaridades se puede hablar de guerras campesinas en el siglo XX en México, Rusia, China, Vietnam, Argelia y Cuba, y no sé hasta dónde en Bolivia también, pero lo de ahora conjuga un discurso extremo, casi ligado al del reo presidente Gonzalo de los senderistas apagados, con un fundamentalismo que crece, avivado por los Choquehuanca, Patzi, Surco y otros que en determinado momento han de deshacerse del monopolio intelectual de la izquierda que representa Linera y que les presta su trasfondo ideológico- teórico hoy. Sintomático es el papel menor, relegado, del bolivarista Chávez en los acontecimientos actuales. Es posible que el venezolano ya no sirva. Tuvo rol de donante que parece terminó. Los aires son ahora de triunfo, y huele a tiempo de revancha étnica, una que no sólo intenta barrer con los “blancos” y mestizos; apunta de igual modo a Simón Bolívar, a Murillo, a Zudáñez, Monteagudo, etc. Y allí pierde Chávez, porque bolivariano no es Morales, y menos su cohorte. Morales quiere el eterno Gran Poder aymara, con la inmensa capacidad económica de sus “pobres indiecitos”.
