

Hay un problema con los fundadores de la historia y es que éstos siempre fracasan. Evidentemente es un lugar común entre los caudillos de todas latitudes dárselas de negadores del pasado y originadores del porvenir. Nuestro bien amado presidente Don Evo Morales Ayma por lo visto está dispuesto a ser el más reciente en la lista. No estará solo ahí, muchos preceden sus pasos a través del tiempo.
Quizás el precursor más ilustre y el más colosal de todos fue Shih Huang Ti, primer emperador de China; China se llama así en honor a él. Éste emperador se mandó a la no menor tarea de unificar los siete reinos y no cansado con eso se dio a la labor de construir la Gran Muralla. En medio de estas cosas se dio a la meticulosa empresa de quemar todo vestigio de pasado, empezando por los libros. Hasta donde se sabe, tres milenios de historia escrita había cuando Shih Huang Ti proscribió al pasado y estos incluían a Lao Tse, Confucio, el Emperador Amarillo y muchos otros. El mismo Adolf Hitler es también uno de los precursores de la idea; a su modo, Stalin hizo lo mismo; y también incontables tiranillos de diverso rango. Pero la historia es una dama terca que se empeña en seguir por sus propios fueros.
Como se ve, Don Evo Morales ni es el primero y sin duda tampoco será el último de esta estirpe. Veamos: nuevo Estado Plurinacional Aymara –por lo visto lo de pluri quedó en uno-, 22 de enero desde ahora feriado nacional, ceremoniales ante la Puerta del Sol, nueva Carta Magna, etc. Don Evo Morales nos está entregando una Bolivia nuevecita y de paquete con año cero incluido. Pero la realidad está ensuciando rápidamente esta nueva era: narcotráfico, totalitarismo en ciernes, corrupción, caudillismo, delirios mesiánicos, ineficiencia administrativa, autonomías centralistas y centralizadas, plurimulti de florero, ciudadanía categorizada, poder judicial en estado de coma, etc.
Más allá de las palabras, más allá del discurso y las intenciones está esa cosa dura e implacable que es lo real. En ese mundo, que está más allá de los discursos, las contradicciones se hacen por demás evidentes y groseras; no solo entre discurso y realidad, sino entre realidad y realidad. O sea, contradicciones de forma y de fondo, las cosas no concuasan.
Como el caso este de las autonomías que le quieren entregar a los ciudadanos bolivianos. ¿Cómo es esta autonomía que cede recursos y atribuciones al Estado central? ¿De qué se trata una autonomía en un Estado cuyo fin es centralizar y totalizar la administración y el poder? ¿De qué va esto de ser autonomista por un lado y acérrimo defensor de un “Estado central fuerte, un Estado central integrador” por otro? O el caso de la construcción de un Estado socialista. ¿Y de qué van en ese baile de Estado socialista las seis federaciones del trópico cochabambino? ¿Y acaso no que la lucha por el cato de coca por familia no es precisamente una lucha enmarcada dentro de un contexto capitalista? Imagino que se darán cuenta que el instante en que toquen las propiedades de la burguesía empresarial emergente en El Alto, al segundo siguiente se caen; ni hablemos de que se metan con los mineros cooperativistas o con los medios de transporte urbano o interdepartamental.
Pero así van las cosas. ¿Alguien de los pueblos originarios de los valles o del oriente habrá reparado en el hecho de que el poder no está en sus manos sino en manos de la oligarquía paceña? ¿Se atreverán a decir algo dentro del MAS acerca del hecho de que ambas cámaras del poder legislativo están nomás en manos de blanquitos paceños y aristocráticos? ¿No que este era un gobierno anticolonial? Pero resulta que en el discurso se manejan elementos que hacen a un colonialismo interno recalcitrante y que además es una tomadura de pelo porque los indígenas están ahí en las graderías, mientras el verdadero poder sigue en manos de una oligarquía hábil para reinventarse.
Tata Evo, el hombre que quiere ser el pachakuti, el elegido por los dioses para representarlos en la tierra, el mesías hecho carne, no debiera tener tantas contradicciones a cuestas. Precisamente lo que sedujo a las grandes masas era ver un hombre humilde, que venía de la pobreza y la marginación, subir a nombre de todos ellos a la cima del poder en este país. Funcionaba porque lo veían como a un igual y se veían a sí mismos en él. Ahora que este hombre nos deja y se eleva hasta las alturas del Olimpo, ¿será que los otros piensan que se van a ir con Evo hasta los cielos? Pareciera que llegamos al jardín de los senderos que se bifurcan: o Evo se los lleva con él hasta la Gloria, o los deja atrás y se convierte en otra cosa que ya no son ellos.
Por lo visto, esta nueva era que se nos presenta, la edad del Evo, viene nomás cargada de pasado y demasiadas mañas del pasado; no había sido tan fácil partir el tiempo en dos. Ese sentido de la historia que nos refiere Giambattista Vico acerca del corsi y ricorsi –la historia entendida como una espiral ascendente donde las cosas vuelven sobre sí mismas una y otra vez, infinitamente, repitiéndose incesantemente una y otra vez, solo que en un estadio superior- parece ser el signo de todo esto que vamos viviendo: otro caudillo, otro inicio de la historia, otra fundación, otra mitología, otra fe que será devastada, otro mesías, acaso una otra cruz; una historia hecha de amontonar unas cosas sobre otras –casas sobre casas, ciudades sobre ruinas de otras ruinas y otras ruinas-. Nada nuevo bajo el sol, solo otro ladrillo en la pared.
